Los algoritmos no solo reflejan la división política — la construyen.
Argentina es uno de los países con mayor tiempo de uso de redes sociales en el mundo: más de 8 horas diarias promedio frente a pantallas. En ese contexto, la polarización política no es solo un fenómeno social — es también el resultado de una arquitectura digital diseñada para maximizar el tiempo de atención, sin importar el costo emocional o colectivo que eso implique.
Cambridge Analytica y el marketing político: el punto de quiebre

El caso Cambridge Analytica marcó un antes y un después en la relación entre datos, redes sociales y política. Por primera vez quedó expuesto con claridad cómo los perfiles digitales de millones de usuarios podían ser utilizados para diseñar mensajes políticos ultrapersonalizados, apuntando a miedos, creencias e identidades específicas.
En Argentina, este fenómeno encontró terreno fértil. El comercio electrónico en Argentina creció un 125% interanual en el primer semestre de 2023, alcanzando una facturación de $2.459.030 millones de pesos. En paralelo, el marketing digital consolidó su centralidad también en la política: solo en Google Ads, actores partidarios invirtieron cerca de $193 millones en la primera mitad de 2023, mientras que en Meta las campañas pueden superar los $100 millones mensuales por fuerza política, evidenciando que las mismas herramientas de segmentación, medición en tiempo real y personalización que impulsan el consumo son hoy parte estructural de la competencia electoral.
El resultado es una política que ya no busca convencer — busca activar emociones y consolidar identidades preexistentes.
La huella digital y la personalización extrema

Aplicaciones como TikTok tienen acceso a una cantidad extraordinaria de datos: preferencias personales, horarios de uso, patrones de comportamiento, velocidad de pulsaciones, tipo de dispositivo. Con esa información construyen perfiles detallados que permiten personalizar la experiencia de cada usuario con una precisión casi quirúrgica.
Este proceso se conoce como huella digital: cada interacción deja rastros que las plataformas utilizan para entender mejor al usuario y ofrecerle contenido cada vez más afín a lo que ya cree, ya siente y ya consume. El resultado es un círculo que se cierra sobre sí mismo.
Para profundizar en las implicancias de este proceso sobre la privacidad, el informe de Amnistía Internacional ofrece un análisis detallado y documentado.
El placer del «me gusta» y su efecto político
Un estudio publicado en el Journal of Psychological Science, titulado «The Power of the Like in Adolescence», analizó mediante resonancia magnética funcional (fMRI) las respuestas neuronales de adolescentes al interactuar con contenido en redes sociales.
Los resultados fueron contundentes: los adolescentes tienden a replicar comportamientos que reciben aprobación social cuantificable — más «me gusta» — independientemente del contenido. La validación externa modifica tanto las respuestas neurales como las conductuales.
Trasladado al terreno político, este mecanismo es poderoso: el algoritmo aprende qué tipo de contenido genera más reacciones en cada usuario y lo amplifica. No importa si ese contenido es riguroso o si genera confrontación — importa que produzca una reacción medible. La indignación, el miedo y la pertenencia tribal son, en ese sentido, los combustibles más eficientes para la economía de la atención.
Psicología, identidad y polarización

En psicología, el principio de placer describe la tendencia humana a buscar gratificación inmediata y evitar el malestar. Las redes sociales explotan este principio con precisión: ofrecen validación instantánea, pertenencia grupal y la satisfacción de ver confirmadas las propias creencias.
El principio de realidad, en cambio, exige tolerar la frustración, aceptar la complejidad y convivir con la incertidumbre. Es exactamente lo que el diseño algorítmico desincentiva.
El resultado es una dinámica donde los usuarios tienden a refugiarse en comunidades digitales que confirman sus posiciones — lo que Eli Pariser denominó «filtro burbuja» — mientras la exposición a perspectivas distintas cae sistemáticamente. Esto no es una consecuencia imprevista del sistema: es su lógica de funcionamiento.
¿Qué podemos hacer?
La polarización algorítmica no se resuelve con voluntad individual. Requiere políticas de regulación sobre la transparencia de los algoritmos, educación digital que enseñe a reconocer los mecanismos de manipulación y un debate serio sobre qué tipo de espacio público queremos construir en la era digital.
Un experimento publicado en Science en 2023 mostró que cuando Facebook e Instagram reemplazaban el feed algorítmico por uno cronológico, el tiempo de uso y la confrontación caían significativamente. La arquitectura importa. Y si puede diseñarse para dividir, también puede diseñarse para algo diferente.
La tecnología no es la enemiga. El problema es quién decide cómo funciona — y con qué objetivos.
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