De Byung-Chul Han a la dismorfia de Snapchat: cómo los algoritmos convirtieron la vida en rendimiento
En una realidad donde los dispositivos móviles participan activamente en nuestra rutina cotidiana, la exigencia adquiere un rol protagónico. Mantenerse en forma, informado, produciendo contenido; o bien pendiente de fluctuaciones financieras, estéticas, laborales y tendencias: el individuo contemporáneo habita en un estado de alerta permanente por la eficiencia y la productividad, sin precedentes. Esta pulsión — cuyos pilares son la autoexigencia y el perfeccionamiento continuo — tiene nombre: síndrome de la exigencia.
No se trata de un diagnóstico formal, pero su descripción es precisa: una compulsión sostenida hacia el esfuerzo y la autoexplotación bajo la premisa de captar atención. A diferencia de épocas anteriores, en las que lo privado e íntimo delimitaban la vida doméstica, nuestro tiempo está marcado por la construcción publica de un «yo» que necesita estar alimentado de validación constante.
Esta necesidad de exponerlo todo tiene nombre propio: extimidad. El concepto, acuñado por Lacan y desarrollado posteriormente por Jacques-Alain Miller, describe el impulso de exponer lo íntimo para construir una identidad hacia afuera, una subjetividad edificada sobre lo privado pero exhibida en lo público. Este marcado impulso por crear y producir para el otro culmina con frecuencia en agotamiento, autoexigencia creciente y burn out. Genera, además, un bajo rendimiento crónico acompañado de culpa: si no se cumplen las expectativas del hombre moderno, el único responsable es uno mismo. Y cuando el otro se convierte en fin, la reflexión queda determinada por su aprobación —o, en el ecosistema digital por sus likes.
A este fenómeno lo acompañan otras afecciones asociadas. El estrés es la más extendida. En el caso del síndrome de la exigencia, emerge ante resultados que no llegan: la persona entra en estado de alerta porque no comprende por qué su comportamiento no logra captar la atención esperada.
Argentina encabeza el ranking mundial de estrés y ansiedad según Statista Consumer Insights 20251, con el 49% de su población adulta reportando episodios frecuentes en el último año —el porcentaje más alto entre todos los países analizados. La pregunta que se impone es incómoda: ¿qué nos lleva a someternos a esta dinámica en la que, sistemáticamente, se pierde más de lo que se gana?
La exigencia al alcance de la mano

Enero de 2007. Conferencia Macworld. San Francisco.
Steve Jobs, con jeans clásicos y cuello de tortuga negro, camina por el escenario con las manos entrelazadas. Se acomoda las mangas, que lleva levantadas hasta el codo. Agradece a los presentes. «hoy, vamos hacer algo de historia juntos», dice. Algunos de los 1.300 millones de usuarios de internet, ven por los monitores, que debajo del nombre aparece: Apple´s CEO.
Lo que comienza con el anuncio de tres dispositivos —»Un iPod con pantalla táctil, un teléfono móvil y un dispositivo de internet»— culmina en una revelación que exacerba al público. «No son tres dispositivos, es solo uno». En una pantalla enorme con degradé azul aparece, por primera vez, su nombre: IPhone.
Lo que parecía un juguete tecnológico alteraría el ritmo de la vida cotidiana de manera irreversible. Llegaron las notificaciones, las aplicaciones, los algoritmos — y con ellos, una nueva percepción del tiempo social. Hoy la vida transcurre escindida en dos planos: el real y el digital. Y en este ecosistema fracturado, el síndrome de la exigencia halló el mejor territorio para expandirse.
Desde la llegada del iPhone, el consumo de dispositivos creció a un ritmo que nadie anticipaba. Hoy, más de 5.780 millones de personas en el planeta usan un teléfono móvil, mientras que el número de smartphones activos supera los 7.400 millones —más aparatos que seres humanos sobre la Tierra. Solo en la última década, la base de usuarios pasó de 1.000 millones a casi 5.000 millones, una expansión que equivale a incorporar unos 250 millones de nuevos dispositivos por año, lo que se traduce en cerca de 8 conexiones nuevas por segundo. Y eso, es solo la punta del iceberg.
La máquina que no descansa
Gracias a la llegada de los dispositivos, las personas pudieron estar más conectadas entre sí, pero a la par más alejadas de ellas mismas. El individuo comenzó a vivir a disposición de las notificaciones, likes, scroll infinito, shares, sumergiéndose en un ecosistema retroalimentado donde cada gesto, pausa y cada interacción revelaba más de lo que suponía. Dejó de ser un consumidor anónimo para convertirse en lotes de datos vendidos a las compañías.
Las empresas respondieron incrementando exponencialmente sus inversiones en captación. Emergieron marcos conceptuales que intentaron explicar estos nuevos comportamientos. Uno de los primeros fue la economía de la atención: el economista Herbert Simon advirtió ya en los años setenta que en un mundo saturado de información el bien escaso sería la atención humana — y por lo tanto, el recurso más importante a disputar. El otro es la arquitectura de la persuasión, concepto central en la obra del psicólogo e investigador B. J. Fogg. En Persuasive Technology (2003), Fogg demostró que los comportamientos digitales no eran casuales: detrás había una ingeniería trabajando en las sombras, orientada a identificar la motivación justa, la capacidad disponible del individuo, y el estimulo preciso para producir una acción. No es un dato menor que entre sus alumnos de Stanford se encontraban los cofundadores de Instagram, quienes aplicaron su modelo directamente al diseño de la plataforma.
Si Fogg describe cómo se diseña el comportamiento desde afuera, ¿qué ocurre por dentro cuando ese diseño funciona? En la sociedad del cansancio, el filosofo surcoreano Byung-Chul Han, sostiene que el sujeto contemporáneo no es victima de una dominación externa, sino de una libertad mal comprendida. Ya no existe un opresor detrás exigiendo rendimiento, en nuestro tiempo, el individuo es víctima y verdugo de su autoexplotación. La exigencia es comprendida como el único camino hacia la realización. El mandato es interno. Nadie ordena producir, crear, compartir ni optimizarse, todo nace de la propia consciencia.
Fogg y Han no se contradicen: se complementan. Las plataformas diseñan el disparador; el sujeto pone la motivación, reotralimentada con likes y metricas que configuran el sentido de lo correcto. El resultado es el síndrome de la exigencia: una trampa sin rostro de la que casi nadie escapa.
Pero el círculo vicioso no termina ahí. Eli parisier habló de un filtro burbuja: un mecanismo que le devuelve al usuario lo que quiere ver. Sin embargo, la dinámica va más allá. El algoritmo no solo confirma preferencias: las amplifica y las convierte en insatisfacción rentable. Detecta, por ejemplo, consumo de contenido de estética corporal —dietas, ejercicio, tendencias— y responde con cuerpos intervenidos y estándares cada vez más elevados que generan insatisfacción con la imagen propia. Luego ofrece publicidad de clínicas, procedimientos, productos. El usuario se somete a una intervención. El algoritmo registra el nuevo comportamiento, recalibra el estándar y reinicia el ciclo con una exigencia mayor. No es una metáfora del consumo: es su modelo de negocio.
Este mecanismo tiene un nombre clínico: dismorfia de Snapchat. El término fue acuñado por cirujanos plásticos que comenzaron a recibir pacientes que les mostraban filtros de la aplicación como referencia para sus operaciones. No buscaban parecerse a una persona: buscaban alcanzar una estética generada por un algoritmo. El fenómeno fue documentado por la revista JAMA Facial Plastic Surgery en 2018 y marcó un antes y un después en la discusión sobre salud mental y redes sociales.
Una fotografía sin mucho retoque

El síndrome de la exigencia no es un diagnóstico clínico. Tampoco es un mal del futuro. Es la fotografía del presente.
A diario convivimos con personas que viven frente a pantallas, editando versiones de sí mismas. La intimidad quedó afuera, y también parte de las emociones: las vemos exacerbadas en adolescentes que las exhiben como territorialidad. La vida se volvió performativa y el descanso, un intervalo donde la culpa empuja a seguir. Hay una meta. No la vemos, pero la consumimos —y también nos consume.
Hoy existen mayores libertades, pero bajo dinámicas más esclavistas. Contrario a otras épocas en las que, concluida la jornada laboral, el individuo llegaba a su casa a descansar, hoy hacerlo no es productivo. El individuo moderno —ya sea buscando ofertas, manteniendo su figura o pendiente de las alzas y bajas financieras— ha renunciado voluntariamente al descanso.
Lo que el síndrome revela no es ambición ni disciplina: es una relación rota con el propio tiempo. La lógica de la productividad permanente ha colonizado la vida y la ha convertido en contenido y métricas. Lo que antes era experiencia, hoy es potencial de publicación. El «yo digital» pendiente de aprobacíon externa es nuestra marca personal.
La pregunta no es si el síndrome de la exigencia existe. La pregunta es si somos capaces de reconocerlo: de ver los estímulos que nos gobiernan y de darle lugar a esas expresiones que retumban por dentro pero que tan pocas veces compartimos.
«Estoy un poquito cansado.»
- Statista mide percepción subjetiva, no diagnóstico clínico ↩︎
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Ricardo es periodista, ayudante de cátedra en el área de Tecnologías de la Información y la Comunicación (TICs) en la Universidad Nacional de Avellaneda (UNDAV) y estudiante avanzado de la Licenciatura en Periodismo, donde actualmente desarrolla su tesis sobre el uso de inteligencia artificial en el periodismo contemporáneo. Integra además un equipo de investigación institucional sobre economía de la atención y comportamiento digital. Trabaja en otro ámbito mientras sostiene en paralelo la escritura, la investigación y las preguntas que no tienen horario.


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