Imagen de cómo chatgpt elimina su competencia. Un pichon cucú arrojando huevo con oficios por fuera del nido

ChatGPT en Argentina: usos, riesgos y lo que no te cuentan

Ya lo usás. La pregunta es si sabés cómo ChatGPT te usa a vos

El 73.7% de los argentinos que probaron ChatGPT lo incorporaron a su trabajo. La lógica es simple: quien no lo usa, pierde terreno. La encuesta de FUNDAR y la Universidad Torcuato Di Tella realizada en 2025 sobre 1589 participantes lo confirma. Pero hay una pregunta que no hace ¿Cuánto cuesta realmente usarlo? Caídas de modelo, subas de precio, fallas sin aviso. Y detrás de cada interacción, algo que nadie aclara: ese esfuerzo también está entrenando al sistema que algún día te podrá reemplazar.

Otra investigación académica local publicada en Revista Hipertextos, señaló que el 85% dice que mejoró su productividad gracias a la IA. Pero ahí la pregunta es más simple ¿Esa productividad se reflejó en  sueldos?

Producir más no es sinónimo de ganar más. Entre 2017 y 2025, con una productividad laboral en alza, los salarios se mantuvieron por debajo del 50% del valor agregado bruto. En el segundo trimestre de 2025, los trabajadores se quedaron con el 46% de lo generado mientras el 54% restante se distribuyó entre empresarios, rentas e impuestos.

La herramienta mejoró la productividad, no hay dudas. Sin embargo, la calidad de vida quedó estancada. En la mayoría de los casos, la brecha entre producir más y ganar más queda en utopía. Por otro lado, esa interacción y desgaste laboral, una vez puesta en marcha queda para la plataforma, empresas, o empleador.

Usás más, entregás más, cobrás igual.

Ilustración estilo propaganda con robot vestido de Tío Sam señalando al espectador, representando cómo la inteligencia artificial recluta usuarios mientras oculta sus consecuencias laborales
Te necesito a ti. Tus datos, tu tiempo, tu corrección. La elección parece tuya. El destino ya está diseñado.

Eso no es optimización. Es plusvalía tecnológica con otra etiqueta.

Cada vez que usamos ChatGPT para resolver un problema laboral, no solo estamos usando una herramienta. Estamos enseñándole cómo pensamos. Flujos de trabajo, decisiones, atajos cognitivos, estilo de síntesis. Todo eso son datos. Y esos datos son el alimento del siguiente modelo.

Y mientras eso sucede, OpenAI lanza una nueva empresa —la OpenAI Deployment Company— diseñada para ayudar a organizaciones a construir e implementar sistemas de IA en sus empresas. Con más de 4.000 millones de dólares de inversión inicial el negocio busca instalarse dentro de las empresas que te emplean y rediseñar los flujos de trabajo alrededor de la IA.

La herramienta que una vez te dieron, se vuelve en el arma que te va eliminando.

La cadena es visible: vos usás gratis o pagás poco. La empresa que te contrata paga mucho. Y OpenAI crece en ambos extremos. Los ingresos anuales de OpenAI superaron los 20.000 millones de dólares a finales de 2025, triplicando lo que obtuvo en 2024.

¿El próximo upgrade va a necesitarte, o ya aprendió suficiente de vos como para reemplazarte?

Parece una hipótesis catastrofista, pero es la lógica del negocio.

El costo real: no es lo que dice el precio

Ilustración alegórica del modelo de negocio de las plataformas de IA: empresario rodeado de dinero mientras trabajadores entran y son desplazados, representando la concentración del valor
Vos usás gratis o pagás poco. La empresa que te contrata paga mucho. Y OpenAI crece en ambos extremos.

Hay tres niveles de acceso a ChatGPT. El gratuito, con fricción y capacidades limitadas. El Plus, alrededor de 20 dólares mensuales. Los planes avanzados, que pueden llegar a 100 dólares o más. En Argentina, 20 dólares pueden ser un día de trabajo. Sin contar servicios de nube, edición o streaming. Ese es el primer escalón de una brecha que después se vuelve abismo.

Pero el costo económico es el más visible y el menos importante.

El costo real tiene tres componentes que nadie te explica cuando te suscribís: el dinero, el tiempo —no hay uso estratégico sin semanas de interacción deliberada y error consciente— y el método, que es el más decisivo. Sin saber cómo dirigir el proceso cognitivo, podés pagar el plan más caro durante meses y seguir obteniendo respuestas genéricas. Y en esa hazaña, entrenás el modelo de manera gratuita.

ChatGPT no es caro. Caro es usarlo mal durante meses mientras le enseñás a reemplazarte.

Pero hay un costo anterior a todo eso. El modelo de negocio detrás de estas plataformas no vende respuestas. Vende predicción del comportamiento humano. Cada interacción —lo que preguntás, cómo lo preguntás, cuánto tardás, qué te engancha— alimenta el sistema. La interfaz no es neutral: está diseñada para reducir fricción, generar respuesta inmediata y evitar el abandono. No genera solo uso. Genera hábito. Y el hábito, sin conciencia, genera dependencia.

¿Casualidad que los fundadores de Alphabet hayan escalado en 2025 al podio de los más ricos del mundo? Larry Page acumuló más de 270 mil millones de dólares. Sergey Brin superó a Jeff Bezos. Esa fortuna no viene de vender productos. Viene de un modelo que convirtió el comportamiento humano en infraestructura de negocio y la atención en materia prima.

En Argentina, sin regulación específica para IA generativa, el usuario acepta términos que no lee e instala actualizaciones que no comprende.

El costo no es cero. Sos el producto.

El argentino como entrenador gratuito

Pichón cibernético con el logo de OpenAI arrojando trabajadores desde un nido tecnológico, metáfora del reemplazo laboral por inteligencia artificial
Primero aprende y crece con vos. Luego, una vez nacido, el nuevo modelo termina por arrojarte fuera del nido. Al igual que el cucú, la IA tiene como naturaleza la suplantación.

Cada vez que le corregís algo a ChatGPT —»no, acá se dice así», «usá voseo», «eso en Argentina funciona diferente»— no estás personalizando una herramienta. Estás etiquetando datos.

Lo que se experimenta como corrección es, técnicamente, Aprendizaje por Refuerzo a partir de Retroalimentación Humana (RLHF): el mecanismo por el cual se aprende qué respuestas son mejores en cada contexto cultural.

Las empresas de IA pagan trabajadores en países en desarrollo para hacer ese trabajo en etapas básicas. El ajuste fino —el voseo, la explicación y corrección sobre el monotributo, la lógica del mercado informal argentino— lo hacen los usuarios finales. Gratis. Bajo la promesa de estar enseñándole un estilo.

Los registros de uso local lo confirman sin que nadie lo haya planificado así.

Un usuario nota que ChatGPT ya sabe que tiene un balcón al este en Buenos Aires. Otro descubre que Gemini puede generar su CV completo sin que suba ningún dato.

La IA ya los tenía. No es una falla. Es el diseño.

Otro compara modelos para postear en voseo argentino y concluye que ChatGPT pierde.

Una cuenta usa la herramienta para redactar una carta documento contra su empleador —leyendo todo antes de enviar, aclara.

El Superior Tribunal de Chubut tuvo que revocar un fallo que contenía un mensaje generado por ChatGPT.

Cada uno de esos usos, cada corrección, cada iteración, es dato que vuelve al modelo.

El ajuste cultural de la IA en Argentina no lo está haciendo ninguna empresa. Lo estamos haciendo nosotros.

El cucú no construye su propio nido. Pone sus huevos en el de otros, deja que el anfitrión los críe y cuando la cría crece lo suficiente, arroja a los demás afuera. La IA tiene una lógica parecida: crece con tus datos, tu corrección, tu esfuerzo. Y cuando madura lo suficiente, ya no te necesita.

Primero aprende y crece con vos. Luego, una vez nacido, el nuevo modelo termina por arrojarte fuera del nido. Al igual que el cucú la IA tiene como naturaleza la suplantación.

La brecha digital clásica era de acceso. Esa se está cerrando. La nueva es cognitiva y metodológica: quién sabe usar la IA para pensar mejor y quién es usado por ella para producir más barato. Esa brecha no se cierra con subsidios ni con conectividad. Se cierra con formación, con tiempo, con método.

Todo eso tiene costo. Sin política pública que lo democratice, el hueco no es metáfora.

Cómo usarlo sin que te use

La discusión que falta en Argentina no es si usar o no inteligencia artificial.

Es qué tipo de pensamiento estamos entrenando cuando la usamos.

La diferencia no está en saber escribir el prompt perfecto. Está en entender que el modelo tiende a darte la respuesta más fluida, no la más verdadera.

Para romper eso necesitás hacer lo que pocos hacen: interrumpirlo, cuestionarle los supuestos, pedirle que marque sus propias debilidades. Eso no es una fórmula. Es un hábito de pensamiento. Y saber cuándo el uso se convierte en abuso del proveedor es indispensable.

Usarlo bien no es consumir respuestas. Es dirigir un proceso cognitivo compartido donde no delegás el pensamiento sino que lo estructurás en la interacción.

Sabés el costo y lo transformás en intercambio. Jugás, te retirás porque sabés que si te quedás más, la casa siempre gana.


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