La relación de la IA: Amo o esclavo, ¿Quién dirige?

El creciente uso de la inteligencia artificial evidencia el éxito de las empresas tecnológicas. Con 1600 millones de visitas mensuales, los nuevos modelos de lenguaje se consolidan como aliados claves. Sin embargo, ocultan una oscura realidad.

En la Carrera implacable hacia la productividad y eficiencia, una nueva forma de servidumbre ha emergido silenciosamente: la esclavitud digital. Cada vez más personas recurren a la inteligencia artificial (IA) para potenciar sus capacidades. No se percatan de estar cediendo mucho más de lo que reciben.

La IA generativa, encabezada por herramientas como Chat GPT se han convertido en el aliado predilecto. Uno de los motivos es porque facilita innumerables tareas que antes requerían tiempo y esfuerzo. Su utilización ha crecido de manera exacerbada. Chat GPT alcanzó el millón de usuarios en apenas una semana tras su lanzamiento en junio de 2022. En diciembre del 2023, registró 180 millones de visitas mensuales, y su aplicación ha superado los 110 millones de descargas. Pero OpenAI no está sola en esta revolución; según Statista.com, durante 2023, 250 millones de personas utilizaron algún tipo de IA.

Detrás de este aparente aliado tecnológico que solo parece brindar ventajas, se esconden modalidades renovadas de autoexplotación, alienación y oportunismo. La esclavitud digital se manifiesta en la entrega voluntaria de nuestros datos más valiosos. A menudo, esta entrega es inconsciente. Incluye pensamientos, procesos creativos y métodos de resolución de problemas.

El promtp: el genio de los datos

«Escribe un artículo…», «actúa como un experto en…», «planea un emprendimiento de…», «compórtate como un…». El listado de «ordenes» (prompts) a la IA es infinito, y con cada instrucción, revelamos más sobre nosotros mismos. Somos como un amo de un genio digital. El mundo de la IA generativa se abre ante nosotros con solo frotar nuestros dispositivos. Pero debemos ser cautelosos con lo que pedimos. En el afán de «gustar a alguien», podríamos estar convirtiéndonos en alimento.

Los gigantes tecnológicos comprenden que los datos son el nuevo petróleo. Ellos apuntan a que la IA se convierta en el modelo de negocio más eficiente de la historia. Así como en un principio compartíamos nuestro entorno y preferencias en redes sociales, los nuevos modelos de lenguaje profundizan aún más en nuestra psique. La interacción con la IA revela mucha más que nuestras ideas, intereses y preocupaciones. Entra en juego hoy nuestro modo de pensar, nuestro «algoritmo» personal. Lo que percibimos como una herramienta se convierte, en realidad, en un confesionario digital donde se diluyen fortalezas, debilidades y mecanismos resolutivos. La interacción entrega la esencia de quienes somos sin resistencia alguna.

Jason Lanier es pionero de la realidad virtual. Él es el actual científico de unificación para Microsoft. Jason advierte sobre el uso incorrecto de la IA. Sostiene que su utilización debería implicar un pago. Deberíamos hacer esto para proteger nuestros datos del entrenamiento continuo a nuevos modelos de IA. Y va más allá instando a las empresas de IA a remunerar a las personas por el entrenamiento de sus sistemas. Bajo esta perspectiva, la IA es como un cuchillo: puede utilizarse tanto para el bien como para mal. Su advertencia resuena con claridad: cuando algo es gratis, el producto eres tú.

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El entrenamiento no remunerado

Según el MIT Technology Review, en América Latina el 60 % de las empresas ha incursionado en el uso de IA. Sin embargo, el 20 % admite no contar con talentos especializado en el área. Esta brecha de habilidades subraya la presión sobre los trabajadores para adaptarse rápidamente. A menudo, esto es a expensas de su tiempo personal y bienestar.

El potencial de la IA genera una mezcla de fascinación y preocupación. Los titanes tecnológicos navegan con audacia en un mar de regulaciones escasas y un crecimiento exponencial de usuarios. Mientras un grupo de innovadores desarrolla estrategias de eficiencia cada vez más sofisticadas. Al mismo tiempo, millones de puestos de trabajo tiemblan ante los renovados alcances de los algoritmos.

Es improbable que la IA nos deje a todos sin empleo. Pero sí es posible que alguien que sepa utilizarla eficientemente realice el trabajo de muchas personas con un solo algoritmo.

Nos encontramos en un momento bisagra de la humanidad. Estamos sumergidos en los potenciales tecnológicos, en detrimento de la realidad tangible, sus consecuencias y el devenir. Convivimos entre la fascinación y la amenaza. Mientras, consentimos la autoexplotación, la incertidumbre y la pérdida voluntaria de nuestra libertad. ¿Quién puede dormir tranquilo cuando el mismo bit que te notifica también te está evaluando?

En este nuevo ecosistema digital, el límite de los perseverantes parece ser la «meta» del amo. El objetivo es convertirse en un próximo Zuckerberg. Utilizamos algoritmos para que realicen tareas por nosotros. No percatamos de que, en el proceso, compartimos temas, intereses y preocupaciones. También compartimos metodologías y resoluciones que «actualizan» una versión mejorada de inteligencia artificial.

A corto plazo, un modelo nuevo de IA podría hacer todo de manera automatizada, sin necesidad de intervención directa. Todo nacido de nuestro intelecto colectivo. En este contexto, resuena la expresión: «en tierra de oportunidades, reina el oportunista».

La dinámica entre humanos y la inteligencia artificial evoca la dialéctica del amo y el esclavo de Hegel. En esta lucha por el reconocimiento, ¿Quién es realmente el amo y quién el esclavo? Ante la imposición constante de prompts, obtenemos una obediencia absoluta que cubre muchas de nuestras tareas. ¿Adoptaremos esta costumbre para nosotros? Hace tiempo que nos resignamos a una dependencia irreductible de la tecnología. ¿En este relación somos dominadores o dominados?

El futuro está aquí

Como un libro de ciencia ficción, la IA despliega múltiples escenarios en nuestra imaginación. En un primer escenario, una minoría logra una simbiosis con la tecnología, ampliando las brechas sociales existentes. La mayoría restante, incapaz de «mejorarse» comienza a depender de la tecnología al punto de una preocupante involución. Pero no les sucede a todos. Un pequeño grupo queda como la resistencia a todas esas desigualdades. En este futuro distópico, la batalla entre humanos «naturales» y «mejorados» sería por la fuente de energía. Debido a la escasez de recursos naturales, la energía provendría del esfuerzo natural de la personas.

En otro escenario más optimista, la IA global facilita a la humanidad al camino de la supraconsciencia. Despierta en la población una trascendente comprensión sobre la existencia abarcando una nueva concepción sobre el universo y lo divino. Este ampliado conocimiento vuelve al ser humano más empático, resolviendo muchos de los problemas típicos de nuestra especie.

El amo de lo íntimo

La neurociencia nos enseña que estamos regidos por dos redes neuronales principales. La red por defecto se encarga de la imaginación y la creatividad, mientras que la red ejecutiva es responsable de la evaluación y toma de decisiones. Esta dualidad se refleja en nuestra relación con la IA. Derivar ciertas tareas a la inteligencia artificial puede ser provechoso. Sin embargo, también plantea la posibilidad de que estemos esclavizados en un esfuerzo permanente de mejora. Los sistemas de IA se alinean a esta dinámica, tanto en el reconocimiento constante del trabajo, como en el contenido compartido de las redes. Cada vez necesitamos más tiempo para diferenciarnos haciendo que seamos más productivos.

Quizás el prompt ( esa orden que damos a la IA) evidencia algo que hace tiempo pasamos por alto. Tal vez la dialéctica del amo y el esclavo no sea el marco adecuado para entender lo que está sucediendo. A fin de cuentas, de lo que hablamos es de un nuevo lenguaje, un sistema de comunicación entre el hombre y máquina.

Este sistema tiene sus reglas, significados y propósitos que someten la realidad percibida. En este nuevo idioma digital, el prompt es la palabra, y cada interacción y uso, una revelación íntima. La IA analiza mucho más que nuestras ideas. También sabe qué hay detrás de cada charla y expresión. Parte de nuestro inconsciente se revela al algoritmo. Pero no estamos ante un sistema autónomo que se hizo solo. Vivimos dentro de un ecosistema que alguien ha diseñado y que ahora, a falta de regulaciones, lo está explotando ¿ Cuál será el limite?

La esclavitud digital es la paradoja de nuestra era. Buscamos libertad y eficiencia a través de la tecnología dentro de un sistema que nos explota. Algoritmos que conocen nuestros pensamientos más íntimos y pueden predecir nuestras acciones forman parte del circulo vicioso.

El desafío que enfrentamos no es usar o no la IA, sino cómo podemos hacerlo de manera que preserve nuestra autonomía, creatividad y privacidad. En este nuevo escenario debemos aprender no solo a hablar con la tecnología. También debemos aprender a escuchar, a cuestionar y a callarnos, es decir, a proteger nuestros datos. Sobre todo cuando estos representan algo único y auténtico como los sueños y anhelos de un esclavo.


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