En 2019, el 57% de los argentinos reconocía practicar phubbing. Cinco años después, ignorar a quien tenemos enfrente por mirar el celular dejó de ser un mal hábito para convertirse en norma social. Detrás de cada pantalla no solo hay distancia, también se esconden burnout, soledad, vínculos fracturados, y un ciclo que se retroalimenta.
El creciente uso de las redes sociales cambió la manera de relacionarse. Reuniones con scroll, ringtones que interrumpen meditaciones, comidas mediadas por pantallas, la virtualidad cada vez es más «real». Esta modalidad ha establecido al silencio y desinterés como pauta de conversación. Las personas interactúan en dos planos diferentes, pero con mayor interés en sus dispositivos. Convivimos resignados de hablar mirando a los ojos. ¿Cómo esta modalidad afecta nuestros vínculos y por qué es importante prestarle atención?
Una mujer con un niño en brazos, sube al colectivo. Luego de apoyar la tarjeta se gira y observa. La mayoría de los pasajeros están con auriculares. Algunos parecen absortos en un momento de relajación y alivio, otros agudizan la mirada sobre el celular. Antes, el sentido común habría hecho que la mujer de inmediato reclame el asiento, pero hoy no es así. En el presente se siente como interrumpir, sacar de órbita de lo que puede ser algo importante. Estamos en una realidad donde en todo momento alguien puede está produciendo algo. La escena cambia cuando alguno de los que están parado levanta la mirada y pide el asiento. Viajamos para informarnos, distraernos o estar en contacto. Pero no con la realidad inmediata.
El phubbing es el acto de ignorar a una persona mediante el uso de un dispositivo. Su origen proviene de la composición de dos palabras Phone (teléfono) y snubbing (desairear o ignorar). Acuñado durante una campaña de McCann Melbourne en 2012 fue creado para concientizar y poner alerta una modalidad que apenas se observaba. El ‘burnout digital’ no surgió de la noche a la mañana. Ya en 2019, informes publicados por La Nación advertían que más de la mitad de los argentinos (57%) admitía ser víctima o protagonista del phubbing. A cinco años de aquellos datos, el fenómeno ya no es solo una falta de educación social, sino un motor de agotamiento psicológico que fractura el núcleo familiar
Establecida entre las problemáticas de uso de las redes sociales, esta actividad ha modificado nuestro modo de interactuar con los demás. Ya en 2016 la revista Computers in Human Behavior publicaba un articulo titulado «How “phubbing” becomes the norm: The antecedents and consequences of snubbing via smartphone», alertando cómo esta práctica instala una conducta aprendida. Es decir, a mayor exposición mayores son las posibilidades de adquirir la conducta. Esto erosiona la atención y la conexión emocional tras crear un ecosistema tóxico donde el contagio es peor que la enfermedad.
El desgaste circular mencionado hace del «phubbing» o «ningufoneo» una conducta nociva: Una persona llega cansado del trabajo. Quiere relajarse y despejar las tensiones de la jornada. Utiliza las redes sociales como escape. El momento no lo reconforta. El exceso de dopamina generado por las redes, incita que el tiempo de distracción sea mayor provocando desatención al entorno y las responsabilidades. Además, el exceso de interacción agota su mente produciendo intolerancia. Pero eso no es todo, las personas que conviven con esa dinámica comienzan a sentirse excluidas y construyen barreras donde toman la misma actitud o el conflicto. Por lo tanto, la necesidad de descanso termina convirtiéndose en aquello que se busca evitar.
¿Por qué es tan difícil salir del phubbing? Un estudio de Sandra Meseguer Monfort (2025) tiene la respuesta: porque no es solo un hábito individual, sino una dinámica relacional que se retroalimenta.
Su revisión sistemática muestra el mecanismo: el uso constante del smartphone deteriora la comunicación familiar aumentando la sensación de desatención. Empieza a crecer el malestar emocional y las personas buscan refugiarse aún más en sus dispositivos . El ciclo se intensifica. Cuando esto se normaliza, el resultado es burnout familiar: un agotamiento emocional crónico que afecta a todos en el hogar.
El gráfico que acompaña sintetiza este círculo vicioso, evidenciando por qué romper el patrón requiere mucho más que «dejar el celular».

El comportamiento no es una consecuencia deliberada, mientras mayor tiempo se pase en pantallas menos atención se da al entorno. Esto genera menos sociabilidad y relaciones difusas, afectando incluso a los vínculos familiares. Ciudadanos menos comprometidos con su entorno y más inmersos en videos virales hacen del ecosistema un caldo de cultivo para ideologías que se benefician de esa escisión. En la actualidad es común ver a niños vinculados más a la tecnología que a los padres. Esta cadena atenta contra la salud mental de los individuos y de las sociedades al establecer como norma la virtualidad, conviviendo en un mundo que dejamos de mirar por miedo a perdernos algo
FoMO el hermano menor del phubbing

El FOMO —el miedo a perderse experiencias que otros están viviendo— aparece como un sentimiento que empuja a mantenerse conectado y al tanto de lo que ocurre en el entorno digital. Se trata de una modalidad común en la que la persona orienta su atención hacia lo que otros experimentan.
Una investigación encontró que el FoMO también se vincula al uso problemático de redes sociales y al phubbing. Realizado entre 2663 adolescentes flamencos esta investigación del International Journal of Environmental Research and Public Health señala que el FoMO actúa como un impulsor clave: cuanto mayor es la sensación de perderse algo, mayor es el tiempo de permanencia y la necesidad de conectarse para “no quedar afuera”.
Esta modalidad, además de generar comportamientos nocivos como la adicción a dispositivos y ansiedad también gesta un complejo entramado que provoca soledad, baja autoestima, depresión y síndrome del burnout. Estamos ante miradas más brillantes, pero opacas en vínculos. La tensión de estar conectados y mantener los vínculos nos agota, pero aun así lo equilibramos, hemos logrado ser más productivos.
Burnout: el cansancio que no descansa
En La sociedad del cansancio, Byung-Chul Han describe un cambio radical: hemos dejado de ser sujetos de obediencia para convertirnos en sujetos de rendimiento. Ya no nos vigilan desde afuera —como en las antiguas instituciones disciplinarias (escuela, hospital, cárcel)—, ahora nos autoexplotamos desde adentro. Los gimnasios, centros de estética y grandes shoppings reemplazaron a aquellos edificios. El mensaje es claro: todo es posible con esfuerzo. Si hay fracaso, la culpa es tuya.
Esta libertad regida por la autoexplotación convierte el tiempo y los vínculos en estorbos. Cada momento debe ser productivo, cada interacción debe sumar a «nuestra marca personal». Si alguien ha logrado viralizar en redes, debo ser parte de ello. Incluso emularlo. Y aquí es donde el phubbing se vuelve funcional al sistema: ignorar a quien tenemos enfrente para revisar notificaciones, responder mensajes de trabajo o consumir contenido no es solo descortesía, es parte de la lógica del rendimiento. No lo hacemos porque queremos, sino porque debemos.
El celular promete eficiencia, conexión global y descanso instantáneo. Pero entrega lo contrario: agotamiento, culpa por no hacer lo suficiente, y una depresión que Han describe como «el cansancio de un yo sobrecargado de sí mismo».
En este contexto el phubbing no es una distracción: es el síntoma de una sociedad que nos exige estar siempre disponibles, siempre conectados, siempre rindiendo. Y cuando intentamos descansar con el mismo dispositivo que nos agota, el círculo se cierra. Pero no es el fin. A esto se suma un nuevo avance tecnológico, la IA. Esta herramienta nos permite explotar más nuestra capacidades y ser más productivos. Ya sea al programar, automatizar o generar nuevo contenido, la inteligencia artificial aumenta nuestro deseo de logro. Tenemos una herramienta, pero no construimos nada propio. El desgaste es parte de este circulo vicioso donde perecemos ante una posibilidad, que nunca alcanzamos.
El chatbot: el nuevo cómplice
Este ecosistema de producción donde comportamientos nocivos y sentimientos conviven adquiere una nueva dimensión con la llegada de los chatbots. A través de la personalización de la experiencia, estas herramientas han alcanzado los 700 millones de usuarios activos semanales. El 10% de la población adulta mundial ya adoptó el uso de asistentes como ChatGPT, y la cifra crece exponencialmente.
Una de sus características más seductoras es la disponibilidad permanente. Podemos charlar y construir ideas en segundos. Además nunca juzgan, siempre están y responden al instante. Esta particularidad se potencia con la capacidad conversacional de los modelos de lenguaje. En algunos estudios, más de la mitad de los usuarios reportan dificultades para distinguir chatbots de personas reales. Y no es casualidad: están diseñados para emular empatía, comprensión y presencia algo que en el entorno parece haber desaparecido.
El problema es que esa «presencia artificial» desplaza la presencia humana. Si ya ignorábamos a quien teníamos enfrente por revisar redes sociales, ahora tenemos algo más adictivo: una conversación que se adapta perfectamente a nosotros, sin conflictos, sin demandas emocionales reales. El phubbing encuentra un nuevo aliado: una inteligencia que nos hace sentir escuchados mientras dejamos de escuchar a quienes nos rodean.
Ya sea por redes sociales, agotamiento o inteligencia artificial, el phubbing es síntoma de una sociedad que nos diseñó para estar siempre conectados pero nunca presentes. Ignoramos a quien tenemos enfrente porque el sistema nos exige estar disponibles para todos menos para quienes están cerca.
¿Vivimos en una era donde la información nos sofoca, o hemos elegido sofocarnos con información para no enfrentar lo que tenemos delante?
Tal vez la respuesta esté en algo tan simple como incómodo: levantar la mirada. Antes de que sea demasiado tarde.
Nota
1. «Basado en estudios de He et al. (2022), Wang et al. (2023), Jiang et al. (2023), Zhang et al. (2024) y Tong et al. (2024).»


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